martes, 23 de mayo de 2017

Descubrimientos arqueológicos Un códice del siglo XV

Una carta de los Reyes católicos
(LA VOZ DEL TECLA, N.º 42-1º de Febrero de 1012)


Por tratarse de un benemérito hijo de La Guardia, nos complacemos hoy en reproducir el siguiente artículo que publicó nuestro estimado colega “Noticiero de Vigo”.
Un descubrimiento importantísimo para la literatura acaba de hacer nuestro querido amigo el ilustrado académico de la Real Gallega y párroco de esta ciudad, D. Juan Domínguez Fontela.
Trátase de un códice del siglo XV, que es una traducción a la hermosa lengua gallega de la célebre obra titulada De medicamnibus æquorum seu De morbis æquorum cuyo autor es Jordanus Ruber Calaber, quien la dedicó al emperador Federico II(1194-1250) del cual era familiar.
Este códice forma parte de un tomo poco voluminoso de documentos particulares y matrices de escrituras públicas, todas de muy difícil lectura, que perteneció al notario de Bayona de Miñor Alvaro Eans Daseira y está escrito hacia el año de 1410, por lo cual tiene exactamente quinientos años de fecha.
El interés que encierra dicho códice para el estudio de la lengua gallega es grande, pues, contiene innumerables palabras y giros sintáxicos no vulgares, ni usuales, por apartarse, merced á la índole del escrito, de los múltiples documentos medioevales conocidos, cuales son las actas notariales é instrumentos de aforamiento hoy divulgados por la interesante y meritoria labor de los investigadores de nuestras gloriosas regionales antiguas olvidadas. Esta obra de Jordam Rubio de Calabria nunca fue impresa y la traducción gallega, ahora descubierta por el Sr. Domínguez, es absolutamente desconocida, y por eso, este códice á juicio del notable filólogo lusitano Dr. J. Leite de Vasconcellos, catedrático de la Universidad de Lisboa, quien tiene hecho importantísimos estudios sobre la lengua galaico-lusitana, en carta al mismo Sr. Domínguez encierra en sí mérito extraordinario para el estudio del idioma occidental ibérico en la Edad Media.
Nuestro ilustrado amigo, según nos informan, tiene muy adelantado un trabajo literario sobre dicho códice, como prólogo filológico al texto del mismo, y cuya publicación pronto verá la luz juntamente con aquel en el “Boletín de la Real Academia Gallega” de La Coruña.
Juan Domínguez Fontela
Archivo: INFOMAXE

viernes, 19 de mayo de 2017

A los ilustres jesuitas portugueses del Pasaje


(LA VOZ DEL TECLA, N.º 292, 18 de noviembre de 1916)
Por Julián López

Todos sabemos que por una serie de leyes injustas y despóticas, dictadas por el gobierno de la vecina república, pacíficos y beneméritos ciudadanos portugueses se han visto brutalmente expulsados de su amada patria, teniendo que refugiarse en tierras extrañas, en busca de lugar seguro y tranquilo, y libres de la dictadura carbonaria.

Si bien esta persecución fué dirigida en general contra todos aquellos que no eran afectos a la forma republicana, sin embargo, los que más han sufrido sus rigores, fueron los hijos de San Ignacio, que además fueron calumniados, vejados y hasta encarcelados, como si de criminales depravados se tratase.
Y a esa ley de expulsión, por una rara casualidad, debemos nosotros los guardeses que el Colegio del Apóstol Santiago, donde se educaron las generaciones de jóvenes de las principales familias de Galicia, no se haya cerrado, y continúe siendo un centro de enseñanza; pues los Padres Jesuitas portugueses recién llegados, son los que van a reemplazar a los Jesuitas españoles trasladados al nuevo colegio de Vigo, y a continuar la gloriosa historia del renombrado Colegio del Apóstol Santiago, con no poco provecho y utilidad, como puede fácilmente comprenderse, para todo el pueblo de La Guardia tan necesitado de vida y progreso.
Si no fuese un deber de cortesía y urbanidad recibir con el respeto y la consideración que se merecen esos ilustres portugueses, que fiándose de nuestra hospitalidad, vienen a vivir con nosotros, bastaría la consideración de las amarguras por ellos sufridas, ya dentro, ya fuera de su patria, para que nos descubramos ante esos hijos del infortunio, restos venerables de una gran familia intelectual, que la libertad republicana y el sectarismo de sus políticos dispersó por distintas y lejanas tierras.

Con esa expatriación Portugal perdió uno de sus mejores colegios, como era el famoso de Campolide, dirigido por Padres Jesuitas, el cual podía equipararse con los más célebres de Europa.
Y como Campolide no solo era un colegio para dar sólida y cristiana educación a la juventud portuguesa, sino que era también un centro de distinguidos profesores dedicados a investigaciones científicas, que se daban a conocer en la excelente revista Broteria, con la desaparición de aquel, dejó de existir ese centro científico, que se trasladó al extranjero, y en el extranjero siguió publicándose la revista Broteria para vergüenza de los políticos portugueses, que, con tal de perseguir a la ínclita Compañía de Jesús, llevan su odio sectario y masónico hasta el extremo de arrojar de su patria, contra razón y justicia, a hombres de reconocido mérito, y que en sus continuos estudios contribuían al adelanto de las ciencias portuguesas.
Pero los revolucionarios portugueses ya no necesitan ni de hombres de ciencia ni de sabios: se bastan ellos solos.
Por cierto que no pensaban lo mismo los políticos portugueses del siglo XV, cuando Portugal era grande, cuando sus navegantes, en sus valientes carabelas, surcaban lejanos y desconocidos mares, y descubrían nuevas tierras, dilatando sin cesar el imperio portugués, pues entonces sus reyes se rodeaban de una corte de sabios, los que poniendo a contribución los conocimientos científicos de la época, consiguieron aplicare el astrolabio a la navegación, y solo así pudieron llevarse a cabo aquellos famosos y épicos viajes, durante los reinados de D. Juan, D. Alfonso V, D. Juan II y D. Manuel, sin olvidar al inteligente e infatigable infante D. Enrique, que después de sucesivas expediciones, consiguieron que sus naves, pasando el interminable cabo de las Tormentas, entrasen victoriosas en el Océano Pacífico y llegasen a las Indias Orientales, en medio de los aplausos y admiración de Europa que atónita las contemplaba.
Estas atrevidas expediciones se explican teniendo en cuenta los dos grandes ideales que animaban a los Vascos de Gama, Teijeiros, Zarcos, Tristanes, Canos, Payvas y a tantos otros que enaltecieron la historia de Portugal con hechos gloriosos: la fé religiosa y el amor a la patria; por eso cuando descubrían nuevas tierras, y tomaban posesión de ellas en nombre de su rey, elevaban una plegaria al cielo y levantaban una cruz con el escudo de Portugal.

Pero los tiempos han cambiado, y no es la fé religiosa ni el amor a la patria, ni ningún sentimiento elevado lo que hoy mueve a los políticos de ese pueblo antes tan grande, y ahora tan pobre y abatido, y sobre el cual se cierne la ruina económica más espantosa que ha presenciado nación alguna.
Si hubiese fé religiosa y un átomo siquiera de patriotismo en la vecina nación, no estarían entre nosotros los ilustres jesuitas portugueses del Colegio del Pasaje, a los cuales damos con toda efusión de nuestra alma la más sincera bienvenida, y a la par los felicitamos por el acierto que han tenido para establecerse, pues no han podido elegir sitio mejor y más hermoso y al mismo tiempo tan cerca de su patria: por ahí, al pie de vuestro Colegio, ilustres jesuitas, pasa el risueño Miño que es tan nuestro como vuestro; desde ahí contemplaréis muy cerca los hermosos pueblecitos asentados en la otra orilla del Miño; y desde ahí veréis como los primeros rayos de la aurora, antes de besar las ventanas de vuestras celdas, tiñen de púrpura y de oro las cumbres de ese pedazo de vuestra patria.
Después de la trabajosa peregrinación por Europa, al acercarse a la patria querida, sentiréis la alegría que siente el extraviado caminante, cuando por fin, vislumbra allá lejos, medio oculto entre el follaje de la selva, el albergue deseado después de fatigada marcha; pero más sublime e íntima satisfacción inundará vuestro corazón ante la conformidad del deber cumplido por muchas que hayan sido vuestras tristezas.
No está adornado se rosas el camino de los humildes, de los perseguidos; ¡Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos!
                                                              
                                                                                                                             Archivo: INFOMAXE

martes, 9 de mayo de 2017

DE LA GUARDIA A VIGO Bayona – Castillo de Monte-Real

(LA VOZ DEL TECLA, 23 de Enero de 1915)



I
Panorama visto desde Silleiro.-El viajero que en encantadora mañana de abril recorra la costa atlántica desde La Guardia a Bayona encontrarase, apenas haya dado espaldas a las Mariñas de Mougás y alcanzado las alturas de la carretera en las proximidades de Baredo, con un paisaje, que absorbe por completo su atención. Encontrará, a la derecha mano, los verdes campos de Baredo, la roca donde se yergue como señora de los mares la colosal imagen de la Reina de los Cielos, la gigantesca mole de la fortaleza de Monte-Real coronada de maravilloso castillo, las encantadoras campiñas de Nigrán; de frente la parduzca sombra de Monteferro, las Estelas que semejan dos oasis en medio de ancha y líquida llanura, las playas del Morrazo; a la izquierda las renombradas islas Cíes con su potente faro de luz blanca y giratoria y el cabo Silleiro también con su foco de luz fija; y bajo sus mismos ojos, ocupando el espacio abarcado por los objetos que acabamos de enumerar, el Atlántico que semeja en el mencionado mes un anchísimo lago cuyas aguas son diariamente cortadas por la tajante quilla de miles de pesqueras embarcaciones acumuladas allí por el atractivo de la abundante pesca.
Pero, apartemos con sentimiento de nuestra alma la vista de tal cuadro para continuar la marcha y encaminarnos a Monte-Real, a aquel mismo monte que tan poderosamente detuvo nuestra atención desde las alturas de Cabo Silleiro.
II
Monte-Real.- Ya estamos en él. En efecto: a los cuatro kilómetros de Cabo Silleiro y por una carretera en inmejorables condiciones de conservación, gracias al Sr. Urzáiz, se llega al paseo de La Palma, en Bayona, y a la terminación de dicho sitio de esparcimiento sombreado todo él de altísimos álamos y chopos, se toma un camino que da acceso a la antigua fortaleza de Monte-Real, así llamado en memoria de los reyes católicos de España, Fernando e Isabel, y propiedad hoy de la señora Marquesa del Pazo de la Merced, viuda de Elduayen. Apenas el curioso visitante provisto de tarjeta salvo-conducto ha rebasado en primera puerta comienza a subir a lo largo del lienzo del baluarte llamado “La media luna” donde topan sus ojos con un escudo terminado en corona ducal y ceñido por una franja de castillos y leones, y el centro decorado con un grupo de seis árboles, se lee la siguiente inscripción:
Reynando nuestro señor Carlos segundo, año de de mil seiscientos setenta y seis; siendo Gobernador y Capitán general de este Reyno y Ejército D. Iñigo Melchor Fernández de Velasco y Tobar; segundode este nombre, y onceno Conde, estirpe de Castilla y de León, Camarero Mayor del Rey, Copero Mayor y su Contador Mayor.
Pasado ya este baluarte, y a contados pasos, aparece la monumental puerta de la entrada al Castillo. Sírvela como la cimera a dicha puerta una piedra de armas con el escudo de los Austria. Tendiendo la vista a ambos lados de esta puerta podrás admirar un baluarte llamado del Reloj, la puerta denominada del Sol, los restos de una casa de alfeizares góticos y almenada torre, la antigua casa del Gobernador de la plaza, las ruinas de un convento perteneciente a la orden Seráfica, la célebre torre del Príncipe donde la actual propietaria iza la bandera gualda y roja durante los días que permanece en su señorial mansión, la espaciosa cisterna construida toda ella de soberbios sillares esmeramente labrados, el llamado pozo antiguo al cual se desciende por una escalera de 56 peldaños. Por fin, después de vagar en distintas direcciones que evocan a tu memoria tiempos de gloria para España, darás, caro visitante, media vuelta en redondo para encaminarte al Castillo de Monte-Real.
III
Castillo de Monte-Real.- Ahí tienes el grabado del mismo ante tus ojitos curiosos, por su vitola podrás ya juzgar que se trata de un palacio verdaderamente regio que sirve de cúspide a la pintoresca Fortaleza. El autor de esta líneas que tuvo ocasión de recorrerlo el pasado verano, en compañía de un ilustre cicerone, tornó a sus lares altamente satisfecho de tanta belleza como en su interior atesora. Hay en el vestíbulo ricos objetos de arte como tapices valuados en miles de duros, embarcaciones en miniatura donadas por agradecidos al difunto Elduayen, cuadros de autores como Murillo, Velázquez y otros tanto nacionales como extranjeros. Las habitaciones obstentan el lujo de las mejores casas de la aristocracia española. La biblioteca es riquísima en volúmenes, estando todos ellos en inmejorables condiciones de limpieza y conservación. Las salas de recreo cautivan por la esplendidez de su ornamentación tanto en muebles como en decorado de las paredes. El comedor es una verdadera joya de arte, recordando su construcción la bóveda ojival de una magnífica sacristía de un magnífico ex convento franciscano derrumbado al golpe de la piqueta demoledora de los predecesores del anarquismo. La capilla, de puro estilo gótico, es encantadora por el corte de sus ventanas. Los balcones de este colosal edificio dan alcance a variados y vistosos panoramas donde parecen hacer competencia los embelesos del cielo con las maravillas del Valle Miñor.
En una palabra, y terminamos. El lector de este semanario que no se halle acostumbrado a ver y palpar obras de la opulencia española, rodeada de encantadores paisajes, tome el automóvil de línea u otro cualquier vehículo, y provisto de un permiso que le es fácil alcanzar en Bayona, diríjase a aquel pedazo de tierra rodeada de altos murallones y cubierto todo de limpísimas almenas… y ya tendrá que contar entre sus camaradas durante la presente estación los cientos de preciosidades que tanto en Monte-Real como en su castillo haya visto y admirado.
NAUJ  YER  SAISELGI

lunes, 1 de mayo de 2017

STA. MARÍA LA Real de Oya – El puerto

(LA VOZ DEL TECLA, N.º 131-25 de Octubre de 1913)



En este grabado, primero de la serie que pensamos publicar, damos a nuestros lectores una vista del puerto de la vecina villa de Oya, en el que hace pocos años se llevaron a la práctica, por cuenta del Estado importantes obras de las que apenas queda más que un montón de ruinas.
Si en nuestra España, los altos poderes exigieran rigurosas responsabilidades a los encargados de velar por el más exacto cumplimiento de la ley de la verdadera administración de los fondos de la nación en la que a obras de esa clase se refiere, los hijos de la vetusta Oya no tendrían que presenciar el espectáculo que ofrece el deforme hacinamiento de piedras que por poco tiempo han constituido las espaciosas rampas y camino de servicio de aquel pintoresco puerto. Hoy aquellos materiales en vergonzosa confusión constituyen en días de temporal el juguete de las olas, cuando se arremolinan contra los altos murallones que no tardarán seguramente en derrumbarse para formar parte de aquel montón de escombros, fruto del denodado interés y activas gestiones de nuestro representante en Cortes para arrancar del tesoro nacional el puñado de miles de duros que aquellas ruinas representan.
En la parte alta del grabado destacase el esbelto templo parroquial, cuyos graníticos muros han sido testigos de grandes epopeyas, entre las que se cuenta el siguiente combate naval.
Corría el año de 1616 y el sultán de Constantinopla Achmet I deseoso de vengar los daños que en sus escuadras y puertos habían hecho el Marqués de Santa Cruz y el Almirante D. Luís Fajardo mandó aprestar una escuadra de cien bajeles que, con inesperada osadía, infestaron la costa de Galicia, fondeando once de ellos en la bahía de Bayona de donde tres días después se internaron en la ría de Vigo y, haciendo un desembarco en Domayo incendiaron parte de esta feligresía. El mismo día dieron fondo en el puerto de Cangas, y al siguiente protegidos por su artillería saltaron a tierra hasta mil hombres que, después de prender fuego a la iglesia, al hospital y a 150 casas, se hicieron dueños de cuanto precioso había en la villa, dieron muerte a cien vecinos y llevaron cautivos a más de doscientos.
Arrogante el turco con el éxito precedente creyó hacerse dueño con la misma facilidad de los otros puertos de Galicia para saltar a tierra y dedicarse a mansalva a sus piraterías. Pero ¡Vive Dios y la Virgen del Mar, que aquí en aguas de Oya iban a desbaratarse tales empresas! En efecto. Era el 20 de Abril de 1624 y desde las murallas del monasterio cisterciense, que se destaca en el fondo del adjunto grabado, divisábanse cinco bajeles, que, ya henchidas las velas por el viento, ya impulsados por el empuje de los vigorosos remeros corrían como una exhalación a caza de los navíos mercantes de Portugal y Francia. Estos indefensos y embarazados con el cargamento enfilaron las proas hacia nuestra ensenada como gacelas perseguidas por los cazadores, buscando segura guarida al pié de las murallas del imperial convento, siguiéndoles detrás los cinco bajeles en cuyas popas hondeaba la bandera de la media luna, señal inequívoca de que el pirata africano se echaba encima.
Los monjes. Que sabían juntar en amorosa compañía la cruz con la espada y la pluma con el sable, y que desde el desastre de Cangas estaban ojo alerta al horizonte del mar, tan pronto como se percataron del peligro que corrían las naves mercantes, enviaron gran porción de barcas varadas a la sazón en el Mosteiro, para que recogiesen a los tripulantes, los cuales no teniendo esperanza de ponerse fuera del alcance de los corsarios abandonaron sus navíos. Al mismo tiempo, dice un historiador, que esta escena se desarrollaba en el mar, aparecía sobre los baluartes (Plaza de armas) la gallarda figura del P. Abad llevando a su lado al capitán de la guarnición y al monje artillero del convento, que en los días de fiesta se ejercitaba en disparar salvas de artillería y gozaba de nombre de excelente artillero. Manda el Abad izar la bandera del Monasterio, hace la señal de la cruz sobre uno de los cañones y da la voz de <¡fuego!>. El artillero se remanga, empuña el arma y dispara a la galera turca más cercana; tiro en vano, pero que fue la señal del combate. Al estruendo, todo el Monasterio empieza a jugar su artillería y mosquetes. Ocho piezas de grueso calibre que artillaban los muros comienzan a vomitar por sus ocho bocas como por otros tantos volcanes una espesa lluvia de mortíferos proyectiles que hacían retroceder a los intrépidos ladrones del mar. Retorcíanse las piraguas en mil vueltas y revueltas; y a los disparos de los monjes respondían los turcos con andanadas de artillería. El estrépito del cañón mezclado con el rumor de las olas que azotaban las murallas; la gritería de los paisanos que en tropel acudían a defender el baluarte junto con el bullicio de una brigada de colonos que subían y bajaban de los tejados del convento con cubos de agua para apagar cualquier incendio que las bombas enemigas provocasen, el imponente sonido de las campanas tocando a rebato, confundido con las voces de mando, formaban un conjunto indescriptible. Casi tres horas, continúa el historiador de estas grandes epopeyas monjiles, continuó la refriega sin grandes resultados hasta que un monje de luengas barbas, soldado en su juventud, tomó la dirección de las operaciones y, después de disparar la plaza quince cañonazos sin fruto, en un arranque de fe y entusiasmo en la Virgencita de su monasterio, actual patrona de Oya bajo la advocación de la Virgen del Mar, esclamó al disparar el decimo sesto: “Este va en nombre de la Virgen de Oya” y fue con tal acierto, que al disiparse el humo vió como en una de las galeras se internaba a torrentes el agua por el abierto boquete: bamboleándose el navío, sobrevino el vértigo precursor del naufragio… un momento más, y es sorbido por el remolino que el mismo engendró en su ruina; junto con él zozobró la barquilla que a su lado llevaba, 38 turcos fueron las víctimas del desastre; 9 que se salvaron a nado cayeron cautivos de los monjes; los bajeles restantes al ver sepultados en el fondo del océano a sus compañeros viraron en redondo hacia la punta de Langosteiros perdiéndose en las lejanías en que el mar y el cielo se besan.
Por este hecho de armas y otros que verá el lector en sucesivas narraciones, se le concedió a la Virgen de Oya por reyes y emperadores el título de SANTA MARÍA LA REAL,, que hoy ostenta contra el necio orgullo de los que se esfuerzan en escarnecer esta encantadora villa que los alimentó y acarició en su seno para luego revolverse contra ella cual asqueroso y despreciable aspid.
                                                           Por la recopilación
                                               NAUJ  YER  SAISELGI, Párroco de Sta. María de Oya

                                                                                  Archivo: INFOMAXE