sábado, 18 de noviembre de 2017

Recuerdos de Galicia UN MONTE HISTORICO Y UN VOTO CELEBRE

A mi respetable amigo, el distinguido guardés D. Bernardo Alonso

Era aquel un hermoso día. Parecíame que me encontraba en mi amada Borinquen; parecíame que aspiraba las brisas de mi patria y que aquel sol que caldeaba mi espalda y arrancaba gruesas gotas de sudor de mi frente, era el mismo sol del terruño idolatrado, cuyas riberas tal vez no volvería a pisar. ¡cuan deslumbrante se presentaba a mis ojos la naturaleza! Aire y luz, movimiento y vida: todo lo que desea un hijo de los trópicos. Fue aquel uno de los mejores días que pasé en Galicia.
                        Desde bien temprano estábamos preparados para el viaje. ¿Qué cuantos éramos? preguntareis quizás. Pues éramos cinco buenos amigos dispuestos a pasar unas cuantas horas alegremente. ¿Qué cual era nuestro equipaje? Pues éste componíase tan solo de dos enormes cestos repletos de viandas y acompañados de sus correspondientes botas de saludable vino, de ese vino agridulce de Galicia, de ese vinillo, que se bebe sin sentir y que al bajar al estómago conforta y al subir a la cabeza, vivifica, de ese néctar de dioses, al cual quizás debe Galicia toda la robustez de su sangre. ¿Qué donde íbamos? Pues íbamos a hacer el voto…es decir, íbamos  a escalar la empinada cumbre de un monte; a visitar un santuario que allí a mil metros de altura se levanta; a saludar a la primera de las mártires cristianas; a rendir tributo de adoración a Santa Tecla.
                        El viaje era en verdad bien corto; la compañía, por demás agradable, el tiempo propicio, y con tan buenos augurios emprendimos la marcha.
                        ¡El Tecla! ¿Quién que haya visitado La Guardia no ha sentido admiración y respeto hacia ese monte cuyos pies besan las turbulentas del Atlántico y las mansas ondas del Miño? El, no es el caudaloso Himalaya ni el ponderado Mont Blanc. Es simple y sencillamente un monte como otro cualquiera; pero es un monte que significa para los guardeses algo grande, algo magnífico, algo bello, porque bello y magnífico y grande es todo lo que se enlaza con nuestro pasado, todo lo que se relaciona, más o menos íntimamente con nuestra religión.
                        Si sois creyentes, ese monte os hablará de la fé del suelo gallego; si sois escépticos quizás en su cumbre, visitándola el día en que yo lo hice, encontrarías consuelo a vuestras dudas, y si por si acaso sentís afición a la historia, sabed que el Tecla tiene también la suya. Guerreros fenicios, al mando de Asdnibal llegaron a sus lindes; hallole el indomable Viriato, el enemigo eterno de Roma; y en los huecos de sus peñascos y en su selva de pinos, sonó más de una vez el nombre de Julio César, cuando sus legiones, ávidas de gloria, le atravesaron, dejando a su paso regueros de sangre..¿Queréis un monte más histórico?
                        Allí, en Galicia, donde todo es bello; eco del pasado, donde todo es grato en el presente, allí donde en las columnas o en el vetusto campanario de un monasterio cualquiera, puede repasarse , en letras de piedra, la leyenda quizás de diez siglos; allí, donde cada trozo de granito evoca un recuerdo y cada cruz situada a la orilla de un camino, arranca una lágrima, allí…no es de extrañar que exista un monte como el de Santa Tecla que une a sus noticias históricas todas las bellezas de la tradición.
                        Por cima de su lomo verdoso caminábamos y tropezando aquí con la punta de alguna peña mal escondida en el suelo y resbalando acullá sobre el césped húmedo aún por el rocío de la noche, llegamos hasta su cumbre.¡fatigas y fatigas!...pero todo estaba compensado, al menos para mí. Cuando pude escalar al picacho que le sirve de corona, dirigí en torno la vista..¡yo miré bullir a mis pies el Atlántico, espumoso y soberbio; ese mismo Atlántico que aquellas mismas horas estaría besando las playas de mi patria; yo tendí la vista sobre su inquieta superficie, hasta sus últimos confines, y ví naves que surcaban aquel mar, y evoqué entonces el recuerdo dulce de mi tierra y de mi madre, y de la mujer querida; yo contemplé allí, bañada por las aguas del mar, la ribera portuguesa con sus campos sembrados de maíz y de viñedos y poblada de alegres caseríos; allí, casi en la desembocadura del río, se levantaba, coquetona y risueña, la lusitana Caminha; más arriba mostrábase Seixas, reflejada en el cristal de las aguas como una  de esas aldeíllas que el suizo fabrica al borde de sus lagos; y más allá chalets desparramados por donde quiera, y nuevas aldeas y campiñas; y mucho más allá, en donde el río, angostándose, simulaba leve hilo de plata, se divisaban los murallones parduscos de la que los portugueses denominan praza forte de Valença.
                        Y sin cansarme, deslumbrado ante tanta belleza, corrieron mis ojos de pronto a la ribera española, y fue el mismo panorama y la misma espléndida naturaleza lo que seguí comentando. Frente a Valença, encarcelada entre muros corroídos, yergue la vieja Tude, las macizas torres de su catedral, mole de piedra que semeja más bien fortaleza que templo, santuario de la fé, levantado en lo más alto de la ciudad, y que parece decir al viajero que por allí pasa: “Yo he resistido y puedo seguir resistiendo a la acción demoledora de los siglos; tal como yo, es la religión que represento…” Seguí mirando; acá estaban los verdes campos que rodean a Eiras y a Tabagón; más próximo, el valle feraz del Rosal, donde la primavera muestra sus galas en todo su esplendor; a un lado el Terroso, la sierra negregosa y árida en cuyas faldas solamente arraiga el pino que levanta su copa a los cielos; más acá la pequeña Salcidos, agrupación irregular de casas fabricadas al capricho, representación genuina de la aldea gallega; y abajo, a los pies mismos del Tecla…¡la villa de La Guardia!..La Guardia, contemplada a vista de pájaro, con su torre del reloj, de respetable antigüedad; con su vieja iglesia bajo cuyas baldosas duermen el sueño de la muerte varias generaciones de guardeses; con su muro ciclópeo, de corpulentos sillares; con su atalaya y su derruido castillo, recuerdos ambos de otras épocas lejanas en que era preciso contener a fuego y sangre la sed de conquista de algún guerrero o el ansia avara de algún corsario. Allí estaba La Guardia, encantadora y magnífica, sacudiendo el letargo de la pasada noche, animándose con la aurora del nuevo día; más encantadora para mí que para nadie en aquellos momentos en que la veía con los ojos del alma, surgir fantástica y bella a través de las remotas edades. 

Atalaia

Mis amigos, en tanto, permanecían impávidos. Era natural. Acostumbrados a escalar con frecuencia la cumbre del Tecla, no podía ser nuevo para ellos aquel panorama que la naturaleza ofrece desde allí. No les llamaba la atención y apenas si uno y otro se tomaban la molestia de examinarle. Pero…he dicho mal. Había uno entre ellos que no fue ajeno, en verdad, a la emoción profunda que a mí me embargaba, Manuel María Melón ¿Quién habrá en La Guardia que no le conozca? Hacíase partícipe de entusiasmo, gozaba con él, unificaba sus sentimientos con los míos, y con sonrisa bonachona, enseñando la punta de un papel impreso que asomaba en uno de los bolsillos de su gabán, decía con acento un tanto misterioso, “ahora lo leeremos”
                        Y era la décima ve que tal promesa me hacía, cuando mis otros compañeros (y ya es tiempo que les nombres) Pedro Alvarez, comerciante guardés adinerado, aunque es sabido que allí todos los son; José María Carreras, Juez Municipal, ad honorem, de la villa y Luís López, catedrático de la Normal de Santiago, me advirtieron que se hacía preciso dejar a un lado toda admiración y todo entusiasmo para ocuparse nada más que del presente. Y eran el presente cuatro deliciosas empanadas, recién salidas de las cestas, y las dos soberbias botas atiborradas de ese vinillo agri-dulce de Galicia, de ese vino delicioso que se bebe sin sentir y que al bajar al estómago conforta y al subir a la cabeza vivifica.
                        Al contemplar tan suculento buffet, borráronse de pronto de mi todas las emociones sentidas y haciendo coro a mis amigos pensé, con ellos, que era lo mejor olvidarse del pasado y ocuparnos única y exclusivamente de los acontecimientos actuales. Y diciendo y haciendo, sentámonos en derredor de la mesa, que no era otra que la fresca tierra tapizada de yerbas y cubierta por blanco mantel, dióse la orden de trinchar y ya se disponían los cuchillos a hacer presa en sus víctimas, cuando sonó en nuestros oídos la voz del amigo Manuel María, que suena con acento enérgico, nos invitaba a todos diciendo “vamos a leerlo”
                        Parecería demasiado monótono a mis lectores si fuese a copiar aquí, íntegro, todo lo que Manuel María nos leyó y que era, ni más ni menos, que la relación del voto de Santa Tecla. El picaruelo iba bien prevenido, y antes de que se nos indigestaran las consabidas empanadas quiso darnos un atracón de historia religiosa, pero de esa historia religiosa de Galicia, cuyas fuentes tienen que ir a buscarse muchas veces en los campos de la tradición, campos de verdad bien obscuros y que se prestan por lo mismo a frecuentes tropezones con la lógica, unas veces, y otras con la verdad. Pero esto debe importarme bien poco, y simple cronista, limítome a hablar d lo que veo y oigo, rehusando discutir su este cronicón apolillado miente descaradamente, o si aquel polvoriento in-folio “fala com’un libro”
                        Y dicen los viejos legajos que se conservan, o que se conservaban (pues no sabemos si habrán desaparecido) en el archivo del convento de Santa María de Oya, que ya por el siglo II de nuestra era, subían a la cumbre del Tecla, para hacer ejercicios espirituales, los ermitaños que en sus alrededores moraban. Ignoramos si pudo existir por aquella época el santuario de la Virgen, si bien algunos creen, fijándose en lo que llevamos dicho, que su fundación data de entonces. Se sabe también, y así lo consigna un ilustrado hijo de La Guardia, en un artículo que vió la  luz hace tiempo en La Habana, de ciertas predicaciones que nueve siglos después de la echa arriba marcada hacían algunos abades de aquellos contornos excitando a los fieles a ejercitarse en la penitencia, subiendo a practicarla a la cúspide del monte. Pero nada de esto constituye ciertamente la festividad religiosa que los guardeses denominan el voto, y que se ha conservado hasta nuestros días, su fecha es más reciente, dala del siglo XIII a principios de XIV
                        Y aquí, lectores míos, comienzo a titubear; porque no teniendo a la vista crónica alguna que me explique el origen de dicha festividad, tengo que apelar a la tradición. Y cuenta ésta, que allá por la fecha que dejo indicada sufrió tal sequía toda aquella comarca que se hizo materialmente imposible la vida. Siete años corrieron sin que la lluvia fecundara los campos y las cosechas que en un principio comenzaron a ser escasas, concluyeron por ser casi nulas.
                        Moría el ganado, falto de pastos en donde alimentarse, y aquellas pobres gentes vieron bien pronto unirse a los horrores del hambre que sufrían, el castigo cruel de la enfermedad que los diezmaba. ¡pavorosa calamidad comparable tan solo a aquella de Egipto de que nos hablan los sagrados textos! Pero el pueblo gallego es religioso, cree, tiene fé, y la fé que transporta las montañas y arranca de sus tumbas cadáveres putrefactos para volverlos a la vida, bien puede también devolver a su pueblo abatido el bocado de pan que el destino adverso le arrebatara.                 Henchidos de esa fé, los gallegos comarcanos, excluyendo a las mujeres (ignoramos por que motivo) acudieron a lo alto del Tecla para postrarse de hinojos a los pies de la Santa, rogándola que intercediera con Dios para que les libertase de aquel azote. Y era ya el día tercero que allí se encontraban aquellos hombres de buena voluntad, practicando austeras penitencias, cuando la lluvia, a la madre tierra negada tanto tiempo, comenzó a caer, nunca más fresca que entonces, fecundando el prado y devolviendo sus perdidos verdores a la desolada campiña. Y también entonces fue cuando aquellos pobres penitentes del Tecla, congregados en torno a la ermita de la santa, hicieron la promesa de acudir allí todos los años, en conmemoración  de tan feliz suceso. Quedó de esa manera instituido el voto, y por eso el lunes y martes de la semana de la Asunción, suben hoy todavía a la cumbre del Tecla los descendientes de aquellos buenos cristianos que supieron con el espíritu fijo en el cielo y la carne lacerada por la penitencia, aplacar la cólera de un Dios justiciero.

Castelo de Santa Cruz

Tal es la historia de ese voto singular que a través de los tiempos se ha conservado en toda su pureza. No he de extenderme acerca de las variadas ceremonias que se practican en los dos días que dura dicha festividad. Concurren a ellas las siete parroquias limítrofes que son La Guardia, en cuyo término está enclavado el monte, Salcidos, Camposancos, Rosal, Eiras, Tabagón y San Miguel. Celébrase en ambos días misas y procesiones, destinándose además el segundo a la elección de prior, mayordomo, depositario, etc., etc., No es el voto de Santa Tecla una de esas romerías de que tan pródiga se muestra Galicia; se encierra en él, por el contrario, toda la seriedad con  que los primeros cristianos llevaban a efecto sus ceremonias religiosas, vive en él todo el misticismo de los primeros tiempos de la Iglesia, y por eso allí ni se canta ni se baila y solo se sube a los cielos el rumor de las oraciones.
                        Cumplido el voto, satisfecha la deuda, tornan todos a sus hogares y vuelve a reinar en la cumbre del Tecla la soledad y el silencio, solo interrumpidos por el silbar del Noroeste que carcome los muros de la vieja capilla, o por la canción que parece más bien un gemido, de alguna campesina que llega hasta allí apacentando a su escuálido ganado.
                        Lector, si quieres conocer más detalles de la festividad que aquellos gallegos llaman el voto a Santa Tecla, visita su monte el día en que se celebra aquel. Te convencerás, entonces, al admirar la fe sencilla en que se inspira tal ceremonia, que no es en verdad muy imposible de arrancar, con auxilio de esa fé, el agua de las nubes para fertilizar el campo desolado por la sequía. Y si acaso eres uno de esos espíritus fuertes que en cuestión de milagros solo cree en los milagros de la ciencia, ten en cuenta que en el cerebro de un sabio puede muy bien germinar la más grande de las creadoras ideas al calor de una plegaria o el benéfico influjo de una lágrima.

Arturo Cadilla
El Eco de Galicia (Buenos Aires) 20.11.1901



Recopilación: Celso R. Fariñas
Arquivo: InfoMAXE

Publicado no libro das Festas do Guía en 2017