viernes, 22 de septiembre de 2017

RECUERDOS DE MI INFANCIA




Como a muchos vecinos las fiestas del barrio me cuadran en casa cuando hay suerte, una vez cada tres años o cuatro año, y siempre hay alguna novedad respecto a la anterior vez que estuve, a veces son cambios inevitables con el  paso del tiempo  como cambios de comisión  de fiestas, otras veces sorpresas a las que uno le cuesta adaptarse, pero en general estos cambios vienen de la mano de los nuevos tiempos y en particular empujados por la cabeza inquieta y loca de nuestro querido presidente… monólogos, discoteca móvil, fuegos del domingo en el puerto, mural en la plaza, local para la comisión y el libro de las fiestas, para el que me pidió esta vez que le contara un poco recuerdo las fiestas cuando aun era niño. Llevo comentado varias veces con Elías que en lo esencial las fiestas no han cambiado tanto y mejor que así sea, que sigan siendo unas fiestas de barrio abiertas para todo el pueblo y los pocos turistas que quedan al final de cada verano.

Recuerdo que de niño todos los años empezaban igual, con la novena una semana y algo antes de la fiesta, con su goteo de gente, sobretodo mayor acercándose a la plaza todas las tardes a la misma hora, eso para los niños no tenia mas significado de que las fiestas estaban a la vuelta de la esquina y que durante media hora cada tarde había que guardar silencio e irnos a hacer barullo a otro lado y no volver hasta cuando la música de los Tamara que ponía Marcial por los altavoces anunciase el fin de la novena, eran dos cintas de música y te acababas sabiendo las canciones de memoria de tanto escucharlas. Era frecuente entre los niños ayudar a las señoras que limpiaban la capilla a hacer algún recado o subir a tocar las campanas antes de la novena, a veces incluso discutíamos por subir a tocarlas. Lo que lo que para nosotros mas marcaba el comienzo de todo era cuando ponían uno de los palcos, cuatro o cinco días antes de las fiestas, se ponía donde ahora está el mural del marinero, era un palco muy viejo y pequeño, creo que iba a juego con el pequeño palco azul de las poxas que aun siguen usando hoy en DIA para regocijo de los nostálgicos; años mas tarde lo cambiaron por uno mas grande y moderno que se puso al otro lado de la plaza. No había mejor sitio para reunirse, jugar y estar a la sombra que nuestro palco; allí echábamos horas y horas hasta que llegaba la tarde en que una orquesta nos sacaba el sitio para ir ensayando para la verbena. Una vez llegados los días de fiesta recibíamos  la visita a La Guía de gente que el resto del año no ponía un pie en ella, haciendo que por unos días nos creyésemos el ombligo del pueblo, quizás no fuesen unas fiestas tan grandes como las recuerdo, quizás eran los ojos de niños los que así nos las hacían ver, pero para nosotros no había cosa mas grande que aquello.

Al día siguiente de acabar las fiestas  recogían las luces ya que mantenerlas suspendidas en el aire salía caro a la comisión debido a una mala afición que venia de muchos años atrás y nosotros o quizás los siguientes fuimos sus últimos participes de ella; consistía en romper las luces de las fiestas con tirachinas hechos con la boca de una botella y un globo, usando de munición gravilla, y a partir de ahí de las fiestas solo quedaban dos cosas que tardaban en dejarnos 4 o 5 días, el olor a orina en los callejones y el palco, que mas que llevárnoslo parecía que nos lo robaban del cariño que le acabábamos cogiendo. Hay cambios como las nuevas actividades que llevo mejor que otros como fueron el cambiar el color del manto de la virgen o el traslado de los fuegos del domingo para el puerto, pero el que nunca me adapto es al no ver ese ambiente de niños y chavales en la plaza, en el palco lleno de una legión de diablillos cada tarde al acabar la novena.




FOTO: Javi, Rubén, Moncho, Pica, Toñi, María y Fati… Fiestas de La Guía 1992



Toñito Martinez "Pink"  para o libro das Festas da Guía de 2017